Por: Masha Gabriel
El periodismo llevaba tiempo desangrándose, pero su acta de defunción se firmó la noche del presunto bombardeo del Hospital Árabe Al-Ahli, en octubre de 2023, cuando casi todos los grandes medios del mundo repitieron sin verificar la versión de los hechos difundida por Hamás. “Israel bombardea hospital y mata a 500 palestinos”, decían los titulares.
Ninguno de esos datos era cierto. Sin embargo, la escena resultaba irresistible. Por fin se ofrecía la historia favorita: Israel como el villano perfecto y Gaza como la víctima ideal. La verdad salió a la luz días después, como un invitado indeseado. Algunos medios, como El País, se negaron a abrirle la puerta. Otros la sepultaron bajo frases hechas y redefiniciones absurdas.
Gaza se convirtió en el escenario del drama más rentable del siglo. The Guardian, El País y tantos otros medios transformaron la cobertura en una especie de realidad moral, donde los hechos importaban menos que la indignación. No era información, sino militancia emocional. Cada fotografía, cada cifra, cada publicación en redes sociales de un supuesto “periodista ciudadano” servía para apuntalar el relato del “genocidio”. Quien pedía pruebas era señalado como cómplice.
Para justificar lo que las pruebas no demostraban, apareció en escena la Asociación Internacional de Estudios sobre el Genocidio (IAGS, por sus siglas en inglés). Los periodistas y los medios presentaron a sus miembros como la máxima autoridad moral en crímenes de lesa humanidad. The Guardian los calificó como “los principales expertos mundiales en el crimen”. La BBC los describió como “los mayores especialistas del mundo”. La agencia AP los definió como “la mayor organización profesional de académicos dedicados al estudio del genocidio”, y El País los llamó “la principal institución global consagrada al estudio de ese crimen”. La lista seguía.
La realidad de esa “institución global” se descubrió poco después: bastaba pagar treinta dólares y tener conexión a internet para convertirse en “miembro” de esa “prestigiosa” organización. Entre sus votantes figuraban nombres como Adolf Hitler y el Emperador Palpatine. Tras la invasión de Hamás en el sur de Israel, el 7 de octubre de 2023, su número de afiliados casi se triplicó. Aun así, declararon a Israel culpable de genocidio con apenas un 28 % de participación.
Ese es el tipo de fuente que los medios adoran, porque aparenta seriedad y permite a actores y analistas citarla después para parecer eruditos. Si no fuera tan trágico, resultaría cómico. Un acrónimo pomposo bastó para que el mito del “genocidio israelí” se vistiera de autoridad científica. La mayor autoridad, sí, pero en fraudes, ideología y cuotas de inscripción.
Mientras tanto, la figura del periodista —esa profesión incómoda que debe contrastar para poder dudar— desapareció. La ensayista francesa Caroline Fourest lo explicó con precisión quirúrgica en el programa 24h Pujadas de Franceinfo. Muchos reporteros sabían que la información que salía de Gaza era falsa o, cuando menos, dudosa. “Y para los periodistas fue un infierno. Un infierno resistirse. Primero, porque sufrimos mucha intimidación y muchas órdenes a través de las redes sociales, pero también por parte de políticos y activistas que nos insultaban cada vez que intentábamos oponernos a la desinformación en nombre de la emoción”.
En ese infierno, el periodismo se rindió. O, al menos, lo hizo el periodismo de masas, con algunas excepciones honorables y valientes.
El caso más grotesco quizá fue el del influencer palestino conocido como Mr. Fafo. Saleh Al Jafarawi se presentaba como periodista, pero a veces también como enfermero, como padre o como cualquier otro papel dentro de esa cínica telenovela propagandística en la que actuaba sin disimular su doble identidad. Era un activista experto en fingir su propia muerte varias veces. Sus vídeos de supuestos bombardeos se hicieron virales por millones, al igual que sus falsas muertes. Cuando murió de verdad, Greta Thunberg lo homenajeó como si se tratara del periodista polaco Ryszard Kapuściński, galardonado con el Nobel. Jafarawi no murió a manos de Israel, sino de una de las facciones palestinas que se disputan hoy el control de la Franja de Gaza. Ese detalle, sin embargo, no encajaba en el guion. El mito necesitaba mártires, no contradicciones.
El alto el fuego ofreció una nueva oportunidad para que esos medios mantuvieran su postura. La persistencia de la prensa en su papel de apologista de Hamás se hizo visible incluso después de la firma del acuerdo. En ese contexto, El País describió las ejecuciones sumarias perpetradas por Hamás contra palestinos en Gaza como una demostración de “autoridad de Hamás en las calles”, una expresión que merece figurar en los anales del eufemismo periodístico. El horror convertido en orden público; la barbarie disfrazada de gobierno.
Fourest habló de faillite journalistique, “fracaso periodístico”, y de bancarrota moral. Y así fue. porque muchos periodistas difundieron la propaganda de Hamás y porque dejaron de creer que su deber consistía en verificar y contrastar fuentes y voces diversas. Adoptaron las cifras, la narrativa y la gramática del activismo. La verdad dejó de importar; lo que importaba era estar del “lado correcto”, es decir, del que ellos promovían. En nombre de la empatía, los medios aceptaron mentir, porque engañar se convirtió en la única forma de contar su “verdad”. Parecía sacado de una novela de George Orwell.
El resultado fue una doble tragedia: un conflicto manipulado y una profesión deshonrada. Gaza se convirtió en el espejo donde el periodismo occidental se vio por fin tal como era: un teatro de moralidad.
El periodismo no murió censurado, silenciado ni reprimido. Murió por exceso de emoción, por una empatía mal entendida y por una cobardía disfrazada de compasión. Murió cuando dejó de buscar la verificación y empezó a buscar el llanto.
La autora: Masha Gabriel es la directora del departamento de español de CAMERA, CAMERA Español.
Foto tomada de Internet.
