El GRAN RAY

Por: Toño Sánchez Jr.

Raymundo Berrocal Escobar encarnaba la palabra AMIGO. No conocía ni el odio y ni el rencor. Algo difícil de encontrar en estos tiempos. Era imposible no reír a carcajadas a su lado. El mejor ansiolítico era encontrarse con el Ray, no necesitabas medicación alguna con él a su lado; aunque pocos sabían que él sufría en silencio duros ataques de depresión.

No conozco a persona alguna en Montería que haya leído más que él. La Biblioteca del Banco de la República de Montería puede dar FE de esto que acabo de escribir.

Cuando lo veían con sus libros debajo del brazo, muchos ignorantes e imbéciles, se burlaban de él, pero yo lo entiendo; ya que quien nunca es capaz de leer un libro en su puta vida, lo único que le queda es menospreciar a quien lo hace.

Cuando él pasaba por el parque de Bolívar con esos libros, que no eran suyos, se ponía a hablar con todo mundo. Después iba a un quiosco y se comía tres empanadas y una chicha de arroz.

De allí salía para la Biblioteca del Banco de la República a devolver los libros que le habían prestado y a reclamar los que había solicitado a la Biblioteca Luis Ángel Arango, en Bogotá. Por eso siempre tenía libros en sus manos. Ya no eran novelas, en sus últimos años ya sólo leía libros de Historia Económica y Política de Colombia.

Despreciables aquellos, que después de muerto Ray, creyeron ‘honrarlo’, al burlarse porque tenía libros debajo del brazo.

Métetelo en la cabeza o donde quieras, pero libro que caía en sus manos, libro que se lo leía. Y en el bolsillo de su camisa llevaba siempre una regla pequeña para subrayar los apartes más importantes de lo que leía.

Ese tipo tenía un Coeficiente Intelectual superior a todos nosotros.

Tuve la gran fortuna, privilegio y bendición de que fuera la segunda persona que leyera los borradores de mis libros. El primero, ha sido mi padre, Toño Sánchez Charry.

Como los borradores que les mandaba eran apartes, no era el texto completo del libro, comenzaba a exigirme que le mandara el resto.  Eso era acoso puro, como para denunciarlo.

¡Y lo reconozco! Mis libros fueron mejores por sus percepciones.

Una anécdota.

Antes de que saliera uno de mis libros le dije que iba a darle crédito como fuente. ¡Brincó! “Yo no te he dicho nada”. Pero, coincidencialmente había un tipo que tenía el alias de ‘Ray’ y estaba entre mis fuentes. Lo puse en mi listado de fuentes. Cuando salió el libro casi se muere.

Me tocó hacer de todo para convencerlo de que no era él. “Bueno, no joda, tú eres el único ‘Ray’ en el mundo del crimen”, le dije a manera de broma. Se paró, se fue y no me habló como por dos meses. Me veía y se cruzaba la calle.

Pero vino la reconciliación. Viandas, licor y conversación.

“Me prometes que nunca me mencionarás, en nada, en nada”, me suplicó.

Yo le respondí, como lo hacía ‘El Gordo’ García en Sucre, con todos sus electores: “Cuenta con eso”.

Antes de seguir quiero decir cómo nace esta amistad.

En la Avenida Primera de Montería, entre las calles 21 y 29; y las carreras primera y sexta se forjaron las más grandes amistades. Mi madre inicia con un restaurante que se llama ‘Pollo Lindo’, en la Calle 34 con 1 y 2. Se lo vende Álvaro Yances Arrázola a mi padre. Al frente de ese restaurante estaba el almacén de muebles IYP, de Álvaro Yances.

Mi mamá se lleva el restaurante para la Calle 27 con Cra 1ª y 2ª. Al doblar, vivía una señora maravillosa, Doña Juanita. Yo no sabía que ya mi mamá la conocía. Era la madre de Ray, de dos bellas mujeres, y otro hombre.

Yo era menor de edad, 16 0 17 años tal vez. Ray era mayor, pero no viejo. Y nace, inicialmente, una amistad por ‘conveniencia’. Que con el pasar del tiempo fue inolvidable. Deben de entender que no podré expresar en esta columna hechos que hacen parte de lo que denominan de ‘Seguridad Nacional’.

Yo estaba en Sexto Bachillerato y él aparecía de pronto por Montería. El Fin de semana llegaba donde mi mamá y me sacaba permiso para que lo acompañara. Como la amiga con quien iba a salir le tenía miedo, esta llevaba a otra para que la acompañara. Y él me llevaba a mí. Créanme, yo no sabía por qué estaba ahí.

Allí en esas salidas aprendí medio a bailar, porque tocaba salir a bailar, supieras o no.

Con estas fortuitas salidas nació una sentida amistad.

Yo me fui a estudiar. Medio nos veíamos en junio o diciembre. Pasaron los años, pero la amistad se mantuvo, siempre estuvo allí.

Vinieron mis problemas con muchos medios de donde me echaron, pero él siempre estuvo allí, para alentarme, con palabras que yo sabía que ni él creía, pero el sólo hecho que estuviera a mi lado era suficiente.

Me comí con él las verdes, agrias, ácidas y hasta podridas… pero después las más dulces que la miel… mis libros. Él creyó en mí.

Todos tenemos nuestros monstruos (Yo tengo un enjambre), él los tenía también. Pero un cercano y leal amigo de él se los conocía toditos: Jaime Bechara Chamat (Me va a matar este otro gran amigo por esta revelación).

Jaime, tiene como un escáner en su mano, cuando lo saludaba sabía qué pasaba con él… y con ellas también.

Vino una maravillosa temporada con Ray, todo era risas y pascuas.

Yo una vez en una Columna de Opinión, dije que él era mi asesor en temas de narcotráfico, corrupción, trata de blancas y tráfico de armas. Eso fue terrible.

Ya él tenía a un periodista para que le informara qué escribía yo y qué decía en mis programas de radio. Cuando se enteró de ese párrafo llamó a Jaime Bechara a decirle que necesitaba tomar algo fuerte para los nervios porque yo lo iban a matar.

“No quiero saber más de ese hombre”, le dijo.

Lo de Irán y Estados Unidos hoy, es algo parecido a aquellos momentos.

Recuerdo a Jaime, en medio de una mesa, buscando acuerdo, reconciliación y promesa de no repetición, pura Justicia Restaurativa. Me miraba y hacía esfuerzos para no reírse.

Pero ese Jaime Bechara estaba que se estallaba de la risa. Se firmó el armisticio.

“Como lo vuelvas a joder no me llames más”, sentenció Jaime.

Pasó el tiempo, muy poco tiempo, y vino lo inimaginable.

Teníamos un ‘cuartel’ de encuentro para jueves y viernes a mediodía. Allí terminó llegando bandido de todo pelambre, pero nosotros inmune a todas esas tentaciones.

Ray, llega ese día como con tres libros. Los puso en la mesa y preguntó, con jactancia: “Qué me van a brindar”.

En la mesa estaban otras tres personas más. Al rato llegó el periodista Henry Velasco, que Ray había llamado con anterioridad, para que lo acompañara, porque se sentía inseguro conmigo.

Erik, el dueño del negocio, le dice: “Don Ray, lo de siempre”.

“Bueno, es que cuando tú vas a aprender que yo sólo tomo es Sello Negro”, le dijo emputado.

Recuerden que su apellido es Berrocal Escobar… y por allá lejos tiene el Cabrales y el Lora.

Todo termina bien. Nos vamos cada quien a lo suyo.

A la semana siguiente viene la tragedia.

Resulta, que cuando fue al baño, un hijo de puta, de esa mesa donde nos sentamos aquel día, cogió un marcador Sharpie negro y le pintó un cipote de miembro viril en una página inicial de uno de los libros que puso en la mesa.

Era un libro de la Biblioteca del Banco de la República. ¡Imagínense!

Muchos no sabíamos que eso había pasado.

Hasta que el mismo Ray narra lo acontecido.

Va a devolver los libros y abre uno de ellos, coincidencialmente en ese está el ‘garrote’. Se le cae el libro de las manos. Se desespera y no sabe que hacer con esa tenebrosa imagen.

Se acuerda de una señora que restaura libros y decide visitarla.

–      “Ay, Ray, qué haces por acá, tanto tiempo sin verte”, le dice con cariño la señora.

Raymundo, después de un apenado saludo le manifiesta que le va a mostrar ‘algo’ que lo avergüenza, y abre la página donde está semejante ‘pieza’.

La señora tragó en seco. “Mira, discúlpame, uno a veces no sabe con quién se sienta y me hicieron esto”, se quejó con vergüenza Ray.

La señora le dijo que regresara al día siguiente por el libro ya restaurado.

Todo esto se lo cuenta a Jaime Bechara.

“Mira lo que me pasó, allí estuvo el tuyo, pero no lo puedo responsabilizar porque en esa mesa había otros hijueputas como él, y la presunción de inocencia existe”. Jaime, por supuesto, muerto de la risa.

Semanas después, ya Ray de haberse recuperado de la rabia por lo que le hizo Henry Velasco, reconoció con intriga, que la señora que le restauró el libro, no le regresó la página donde dibujaron semejante ejemplar.

Raymundo Berrocal dejó una estela de recuerdos en Bogotá y Montería.

Mamut Rosa fue una afamada discoteca en Bogotá de hace muchísimos años, no sé si existe todavía, pero en especial, a él le gustaba la sede que estaba cerca de la Funeraria Gaviria de la Calle 43 con Cra 13. Le encantaba ser enterrador.

Hay que precisar que su oficina quedaba en la Calle 45 arriba de la Cra 13.

Ray, era y fue una gran persona y un gran amigo.

Voy a subir unas Columnas que escribí hace años, sobre unos sitios emblemáticos de Montería en donde él fue protagonista de unas anécdotas inolvidables.

Tengo que reconocer que me tocó llamar muchas veces a Jaime Bechara, para que hablara con él y se volviera a sentar conmigo. Porque es que yo le hacía muchas maldades.

Nunca voy a olvidar aquellas eternas sesiones de risa… que hoy son inolvidables.

Mi hermano, yo también tendré que estar allá, pero no me vayas a indisponer por todas las maldades que te hice.

Recuerda que te amé, te quise y siempre fuiste mi más entrañable amigo.

Nos vemos, Ray.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *