Responsabilidad integral

Columna de Opinión escrita en marzo de 2007!!! PARA QUE CONSTE.

Por: Toño Sánchez Jr.

Muchas personas que han tenido la oportunidad de leer mis últimos escritos, me hacen observaciones sobre el hecho de no profundizar mucho en el tema. Concluyo que es aquí donde está la verdadera debilidad de este país, el de tratar de ocultar siempre la realidad nacional. Jamás renunciaré a reconocer que en Córdoba se vivió un serio problema de orden público y social que arrolló a la institucionalidad.

Es más, creo que la situación actual del país desbordó la Ley de Justicia y Paz, por lo que ha llegado el momento de las grandes decisiones. Es hora de que el gobierno, congreso, gremios, industriales, víctimas, sociedad civil y demás ciudadanos exploren una propuesta de reconciliación nacional.

Hay que abrir espacios de comunicación en Colombia con participación internacional, para que se conozca y se explique el conflicto nacional en toda su dimensión. Lo ideal es que allí confluyan, por iniciativa propia, todos los estamentos de la sociedad para que cada quien cuente cómo apoyó y cómo se benefició de la guerra que se ha vivido en el país por más de 40 años; que guerreristas siguen llamando conflicto de baja intensidad, como si con este título se redujeran los muertos, las víctimas y los desplazados.

Hay que buscar el origen, la génesis del problema armado en Colombia para que todas las generaciones actuales conozcan cómo se construyó desde el Frente Nacional un país excluyente y egoísta, que dejó como resultado a una nación dividida, en donde unos pocos políticos e industriales se repartieron el país por muchos años. En una esquina se ubicó una minoría opulenta en dinero y poder que defendía a capa y espada, por no decir a sangre y fuego, a un Estado excluyente; en la otra esquina quedó otra mayoría, gran parte en los campos de Colombia, miserable, pobre y resentida.

Luego llegó lo que todo el mundo adulto de este país conoce pero que le da miedo reconocer: la guerrilla, que irónicamente en un inicio se les llamó grupos de autodefensas. Les siguieron las autodefensas, que las llamaron paramilitares. Pero de un momento a otro emergió el combustible mágico: el narcotráfico. De la corrupción ni hablar.

En este país hay más responsables y culpables de la violencia que hemos vivido de los que se imaginan. Es por ello que se necesita buscar una responsabilidad integral, mas no señalar a unos cuantos como los culpables de todos los males de Colombia. No creo que los comandantes paramilitares presos en Itagüí sean los únicos. Más bien, van a quedar como simples chivos expiatorios y masacradores ante la opinión nacional y mundial.

Como tampoco creo que los presos de las Farc y del ELN sean los únicos responsables de su accionar. De la guerra vive mucha gente en Colombia, y muy bien. Lo he repetido muchas veces, el caos es la mejor manera para enriquecerse y mantenerse en el poder ya que impera el desgobierno. Es por esta razón que muchos hoy día están expiando sus culpas a costa de otros que se quedaron con el pecado.

El fenómeno del paramilitarismo es más complejo de lo que se cree, hace parte del gran problema social que afronta el país. Es imperativo abrir, sin ningún tipo de miedo, el espacio para discutir sobre reconciliación nacional. Es en este escenario en donde empezaremos a conocer una verdad integral y restaurativa que nos lleve a un pacto de no repetición que sea refrendado ante colombianos y comunidad internacional.

No es un secreto que estamos ya ante un nuevo fenómeno paramilitar, que llaman despectivamente Águilas Negras o grupos emergentes. No nos engañemos, estos grupos son la tercera generación de paramilitares. La primera generación, que nació en el Magdalena Medio, con Gonzalo de Jesús Pérez y Henry Pérez, padre e hijo, terminó en un rápido y desconocido proceso de paz que se llevó a cabo en Puerto Boyacá en 1991. Los pactos allí suscritos con el Gobierno del presidente César Gaviria no se cumplieron, lo que llevó a los desmovilizados a una apocalíptica mortandad en la que participó Pablo Escobar. Esta situación originó la creación de un grupo llamado los Pepes (las Águilas Negras de aquel entonces), que se convertirían en la segunda generación de autodefensas, también penetrada por el narcotráfico. Terminó con su accionar en un proceso de paz, en donde hubo más acuerdos verbales que escritos. Esto llevó a los detenidos en Itagüí a hablar de incumplimientos, palabra que ofende al gobierno Uribe.
Pero el problema sigue porque estamos ya ante una tercera generación de paras, con el peligro de ser más desestabilizadora que las dos que la antecedieron. La razón es bien sencilla, ahora mismo está en la calle la mano de obra más barata para el crimen: más de 30 mil desmovilizados, que si bien les quitaron el fusil no se han podido reinsertar a la vida social y laboral del país.

Y esta nueva generación de paras está también permeada por otra incipiente generación de narcos que ni siquiera conoce la cocaína. Son egresados de prestantes universidades o están ubicados en posiciones de poder social, económico o político. No les interesa la guerra pero sí las utilidades que deja la misma en lo que a exportación de droga se trata. Son personajes que no se hacen notar. Este nuevo grupo de paras y narcos sí que puede poner en aprietos, en mediano o corto plazos, la política de seguridad democrática del presidente Uribe.

No quiero terminar sin referirme a un hecho muy curioso: una muy creíble fuente contó que en el computador de Jorge 40 estaba el listado de los mayores aportantes a las autodefensas. La encabeza una reconocida industria de gaseosas pero inexplicablemente ni la Fiscalía ni ningún medio de comunicación han dicho nada. Lo cierto es que hace unos meses a la empresa Chiquita Brands, que exporta banano del Urabá antioqueño, la multaron en Estados Unidos por dar aportes a grupos paramilitares. Y hasta hablan de que los bananeros pagaban a los para unos centavos de dólar por caja exportada.

En fin, no hay nada más difícil que la verdad y el perdón, cuando se está en medio de miles de intereses de todo tipo; pero si queremos una Colombia más tolerante y esperanzadora, debemos intentarlo por todos los medios. Recordemos que en nuestro país el conflicto tiene el maligno vicio de mutar.

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