PARA QUE CONSTE. Escrita en abril de 2007.
Por: Toño Sánchez Jr.
No hay nada que indigne más que ver al diablo haciendo hostias. En Colombia es normal ver a las personas con menos autoridad moral abanderar este tipo de discursos. Lo más infame es que lo hacen de manera inquisidora y sesgada.
Es por esta razón que causa repugnancia, por ejemplo, escuchar a un sacerdote hablar en el púlpito de respeto y moral cuando en el día ha estado tocando los genitales de un joven. Que un juez de la república le imponga la mayor pena a un delincuente de poca monta, cuando en la práctica negocia los fallos por dinero. Que un padre le pegue a su hijo porque se cogió un lápiz en el colegio, cuando él en su trabajo se amanguala con los contratistas para tumbar a la empresa o al Estado. Pero lo más detestable es que personas que han patrocinado la violencia en Colombia, y que con su actuar dieron nacimiento a otros actores del conflicto, sean hoy día los catones morales de la nación.
Primero quiero aclarar algo muy importante. Congresistas se han dedicado a discutir si Gustavo Petro estuvo armado o disparó un arma cuando fue guerrillero. Eso no importa. En la guerra que ha vivido y vive Colombia los combatientes son lo que menos interesa a los grupos armados ya que simplemente son carne de cañón. Lo que de verdad les importa son sus ideólogos, quienes se prepararon intelectualmente para lavar el cerebro de todos esos incautos que envían a la guerra. Ellos son los verdaderos responsables de la violencia en nuestro país, no esos niños y jóvenes que guiados con discursos socialista-comunistoides son obligados a coger un fusil para salir a matar compatriotas.
¿Por qué creen ustedes que las guerrillas cuidan más a sus ideólogos y líderes que a los otros mandos? Porque a un combatiente o a un mando medio se reemplaza rápidamente por otro, pero a un ideólogo jamás. Es común escuchar que cuando a una guerrilla se le mata a un líder o a un ideólogo es como si hubieran matado a cien, quinientos o mil combatientes, de acuerdo con la importancia. Cuando esto pasa se rompe la voluntad de combate de la subversión, lo que conduce a su entrega o deserción.
Gustavo Petro tiene toda la razón cuando afirma que no disparó nunca un arma. No necesitaba hacerlo, ya que él era, como lo afirmó en el debate sobre el paramilitarismo en Antioquia, “un estudiante muy sobresaliente”. Esto es, que fue un sobresaliente ideólogo del grupo guerrillero M-19. De los que hacía que otros pusieran el pecho.
Aquí es donde radica el problema del debate del paramilitarismo en Colombia. No creo que exista un colombiano que no quiera que se dé la discusión en toda su integridad sobre este violento fenómeno para que se ausculten todas sus causas, orígenes y beneficiarios. La situación es que quien está abanderando el debate fue uno de los ideólogos de un grupo guerrillero que causó la aparición de los grupos de autodefensas o paramilitares.
El debate que ha abanderado Petro es sesgado y con verdades a medias. Sólo hablan de la motosierra y de las masacres pero nadie pregunta por qué se llegó a esos bárbaros hechos. Nadie quiere indagar la verdad verdadera de nuestro negro pasado de violencia. La razón es sencilla: nadie es inocente, ni el estado, ni gobernantes, ni sociedad, ni medios de comunicación. Sólo interesa buscar culpables porque eso sí da buena publicidad.
Una verdad innegable, casi un axioma, es que el principal origen del paramilitarismo está en la misma guerrilla, llámese M-19, Farc, EPL o ELN. Jamás un ideólogo o exideólogo de la subversión va a reconocer que ellos con su accionar violento y por el abandono del Estado dieron nacimiento a unas autodefensas que los combatió con más crueldad y sevicia, pero con las mismas armas sucias de la guerra que les aprendieron. ¿Y por qué nunca lo reconocerán? Porque se les cae el discurso inquisidor y satanizador con el cual es imposible encontrar reconciliación y perdón.
Los estados cuando están en peligro se inventan todas las maneras posibles para defenderse, muchas veces no son las más limpias. Nuestros gobernantes lo que hacían era mirar para otro lado, con esta actitud le daban el beneplácito a los grupos de autodefensas. Y no es un secreto que con su accionar contuvieron a la guerrilla en muchas zonas de Colombia. Que a un gran costo, es cierto. Es por esta razón que se debe ir hasta sus orígenes para que jamás vuelvan a nacer. Pero ir hasta allá obliga abrir muchos closets que están atestados de oscuros secretos, que no les gustaría a los que se beneficiaron de esta guerra que se revelaran. Señores que hoy disfrutan de millones en sus cuentas corrientes… y de buena salud política, léase aquí expresidentes, exministros, etc.
Manifesté que me encantaba el debate de la parapolítica en Antioquia porque no era lo mismo acusar a la clase política e industriales de esa región, en donde se produce la mitad del PIB de este país, que a los ganaderos, comerciantes y políticos de Córdoba. Observé en ese debate lo que quería ver: a un grupo de parlamentarios antioqueños defender a su región. Recordemos que ni un congresista elegido por Córdoba ha salido a defender a los cordobeses cuando los han acusado de paramilitares. Entiendo que los implicados en la parapolítica se abstengan, ¿pero los otros restantes qué han dicho?, nada. Pienso que no lo hacen por dos razones: por insolidaridad o porque tienen un larguísimo rabo de paja. De todas maneras, el conocido Pedro Navaja siempre ha afirmado que la vida te da sorpresas.
Petro utilizó unos de mis libros para orientar su discurso. Pero lo más raro es que en ese libro está la historia de cómo la guerrilla humilló al pueblo de Córdoba y de Urabá, pero no dijo ni una palabra sobre ese tema. Eso es tener doble moral y ser maquiavélico. Está claro que apenas se aborde de una manera restaurativa y conciliadora el debate del paramilitarismo, libre de resentimientos y ánimo retaliador, se les acabará el discurso y el empleo de congresistas a muchos parlamentarios.
Pareciera que nos gustara convivir con la enfermedad del paramilitarismo y paliarla con calmantes. No nos gusta buscar qué desencadenó ese mal, tal vez por no descubrir que está diseminado por todo el cuerpo y que somos los verdaderos responsables de la enfermedad y no los demás.
Por último, para no dármelas de moralista, a lo que jamás aspiraría en mi vida es a ser juez de familia o director del Bienestar Familiar, porque tengo hijos extramatrimoniales, y no es ético desempeñar un cargo que necesita de una alta dosis de ejemplo. Le he dicho a cercanos amigos que, cuando la moral va por la Avenida Primera, yo tomo la carrera segunda, no porque no tenga moral sino porque pienso que los discursos y desfiles moralistas deben abanderarlos los ciudadanos sin tacha alguna, que los hay, y que merecen el respeto, consideración y credibilidad de la sociedad. Jamás los deben guiar los exguerrilleros, exparamilitares, excorruptos, exnarcotraficantes, exdelincuentes y algunos políticos que están en pleno ejercicio de sus funciones.
Para finalizar, creo que Petro está en lo suyo y en la oposición vale todo. Lo que pasa es que no hay parlamentarios que tengan los pantalones para enfrentarlo con argumentos lógicos e históricos.
